Objetivos
 

En la República Oriental del Uruguay, -denominada en su origen Banda Oriental- la introducción del caballo se habría producido anteriormente a la del ganado vacuno por Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) en 1611 y 1617, cuando hacia 1574 el capitán Juan de Garay, remontando el Paraná desde la recién fundada Santa Fe, con una partida de 21 caballos concurrió en auxilio del adelantado Ortiz de Zárate que se encontraba acosado por los indígenas en la isla de Martín García.

Esta tropilla era descendiente de los caballos y yeguas que Alvar Núñez había llevado a Asunción; diseminados libremente por la pampa y el litoral argentino, llegaron hasta la Banda Oriental, precediendo a los que luego traería Hernandarias, estando casi comprobado que a su llegada al suelo oriental, los charrúas ya utilizaban el caballo como elemento de locomoción y de guerra.

En virtud de las condiciones favorables del medio ambiente proliferaron de forma asombrosa, adaptándose rápida y completamente a él. A ello contribuyeron la abundancia y calidad de las pasturas de estos campos, un clima propicio y la falta de enemigos naturales, ya que el yaguareté y el puma, aparte de ser poco numerosos, preferían la caza del venado y de otras especies autóctonas que, por su menor tamaño y fuerza, resultaban más fácilmente capturables.

Favorecidos por la desierta extensión de los campos indivisos, que les permitieron desplazarse sin trabas y vivir en libertad total, pronto retornaron a su salvaje estado primitivo, formándose grandes manadas cimarronas, en las que renacieron poco a poco los ancestrales instintos nómades de sus antepasados: el caballo español antiguo o Andaluz, con preponderancia de sangre oriental berberisca.

El nuevo medio, desarrolló en el caballo cimarrón otras características físicas que el proceso de adaptación requería, produciéndose de generación en generación, un cambio biológico diferente del caballo introducido por los españoles, al final del cual se conformó un nuevo tipo de caballo, el caballo Criollo oriental.

No lucía la nueva raza una apariencia arrogante y briosa como la de sus ascendientes: era de dimensiones menores, de variada pelambre, de estampa poco llamativa, pero como compensación la naturaleza le dotó de admirables cualidades. Sufrido y dócil, resistente y tenaz, podía galopar grandes distancias sin desfallecimientos o mantener por grandes lapsos su trote rendidor. Estas características influyeron en la población de la campaña oriental.

Y si nuestra campaña emancipadora se escribió en gran parte con sangre y corazón del caballo criollo, la etapa posterior de tranquilidad y paz, lo encontró presente también, en las fecundas jornadas de trabajo que fueron estructurando paso a paso la grandeza nacional.

En el medio urbano, la intervención del caballo fue fundamental para el transporte de las personas en carruajes y jardineras cuando las distancias eran largas, o en el primer servicio de locomoción colectiva prestado por la diligencia a partir de 1851, como la que unía la Villa de La Unión con Montevideo o la que lo unió al Paso del Molino, que partía de 18 de Julio y Andes, dos veces al día. Después llegaría el tranvía a caballo, que inició sus servicios en 1868, con la línea a La Unión y el que llevó a los veraneantes montevideanos a la playa de los Pocitos, al trote lento de sus tres caballos, guiado por el llamado "cadenero" que iba adelante.

Desde 1888, la creación del Jockey Club del Uruguay -actualmente desaparecido- promovió el interés por sus actividades, principalmente de esparcimiento y deportivas.

Hacia el año 1970 existían en el país unos 600.000 ejemplares, cifra que descendió a 400.000 hacia el 2000. Explica este descenso, el hecho de su paulatina sustitución para el trabajo y su forma de alimentación, en la que consume 1/3 más de alimento que el ganado vacuno.

   
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